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Jugando, jugando, de pequeños, aprendemos a hacernos mayores. Jugando, jugando, hacemos crecer nuestro espíritu, ampliamos el campo de nuestra visión, de nuestros conocimientos. Jugando, jugando, decimos y escuchamos cosas, despertamos a aquel que se ha dormido, ayudamos a ver a aquel que no sabe o aquel a quien han tapado la vista. Antoni Tapies El juego de la Gallina Ciega aparece ya en un manuscrito del siglo XIII. Cuenta Ana María Pelegrín, en su libro “Cada cual que atienda su juego,” que Rodrigo Caro en el siglo XVII, ya veía jugar a este juego a los niños de su época -que era un juego de los niños romanos. Goya, en el mismo siglo XVII, dibuja una escena cortesana que reproduce este juego. Y nuestro inolvidable Max Aub da el título de “La gallina ciega” a un libro en el que cuenta su regreso temporal a una España desconocida, desde su exilio de México. Era 1968. Tres escenas muy diferentes para un mismo juego. Tres escenas que reflejan el tema que queremos poner en vuestras manos en esta nueva Escuela de Verano: la importancia del juego como arte de relacionarnos con los demás a lo largo de toda nuestra vida. Los juegos forman parte de nuestra historia, de nuestra vida. Son parte de nosotros mismos, de nuestra memoria. Algunos como el ajedrez nacieron hace miles de años en la lejana China. Otros, como el popular "Juego de la Oca", tienen un origen antiquísimo y están envueltos entre el misterio y la leyenda. Hay quienes dicen que la oca no es si no un reflejo del Laberinto de Dédalo. Otros afirman que es un diseño de los templarios y representa el trasegado Camino de Santiago, lleno de tesoros y cámaras ocultas. El juego es el aprendizaje de la vida. Siempre jugamos con el otro, formamos un equipo o una pareja. La mayor parte de las veces, sólo por el mero placer de jugar. El juego es la palabra misma, cantada y recreada. Es una prolongación de nosotros mismos: hacia nuestro interior y hacia los demás. En los juegos como en la palabra, las mujeres han tenido un papel determinante a lo largo de la Historia. Las mujeres -las portadoras de la memoria- y los hombres tuvieron siempre la necesidad de plasmar en libros y canciones, romances y juegos sus costumbres, sus anhelos, sus ganas de vivir y divertirse. Durante siglos, la palabra fue portadora de la cultura y la tradición. La palabra -el juego, el corro- era la encargada en torno a la trébede de perpetuar en la memoria de los más jóvenes, la memoria de sus abuelos. La palabra -el ritmo- era la encargada en los caminos y las plazas de los pueblos de conmover y divertir con historias truculentas, divertidas, de guerras o amoríos. Más tarde vino la palabra escrita y entonces los Daniel Defoe, Stevenson, Jonathan Switf, Juan Ramón Jiménez llegaron hasta el gran público y comenzaron a gozar del favor de él. Y las mujeres -y los hombres- seguían contando y jugando y dejando en los más jóvenes la memoria de sus antepasados, el transcurso del tiempo, la vida misma. Hoy, en una sociedad tan informada e informatizada como la que vivimos, la imagen, principalmente la televisión, y "los espacios multimedia" se han convertido en los vehículos de comunicación y de intercambio y lo dominación cultural adquiriendo una importancia inusitada. El ámbito del aprendizaje se ha extendido más allá de la institución escolar y apenas queda tiempo para el juego. Ni siquiera el mismo aprendizaje es sinónimo de juego en un mundo cada vez más competitivo. No podemos olvidar que el juego es la actividad esencial de todo ser humano sin límite de edad. A lo largo de la infancia es una necesidad imperiosa, cuya satisfacción resulta imprescindible para su crecimiento físico, intelectual, social y afectivo. Ninguno de nosotros necesita que se nos explique la necesidad y la importancia del juego. Necesitamos jugar para crecer, necesitamos jugar para jugar con otros. Para encontrarnos con el otro. Para mirarnos a nosotros mismos. El juego es una actividad espontánea y libre que facilita la construcción de un espíritu creador. Es decir, facilita la consecución de un pensamiento autónomo, divergente, placentero en el que cada descubrimiento, cada juego nos sirve de ayuda para conocer el mundo real y a entenderlo. Nos prepara para la vida, para el futuro. Este papel del juego, más nítido en la infancia, pero igual de importante a lo largo de toda la vida. Los niños al jugar, fantasean y juegan teniendo en cuenta lo que ven a su alrededor. Llegan a la realidad a través del juego. Y lo van modificando según sus intereses, sus inquietudes… Empiezan transformando su cuerpo en su relación con el juego -de ahí la importancia de juguetes adecuados- y continúan evolucionando en su adaptación social al medio en el que viven. Por medio del juego el niño y la niña se socializan y comienzan a utilizar ciertos lenguajes que han percibido en el ambiente en el que se desenvuelven. Estos lenguajes los utilizan para expresar sus conflictos propios, sus aspiraciones, su modo de juzgar el mundo y de relacionarse con él. Y, de algún modo, lo mismo les sucede a los adultos. Es cierto que los mayores ya no juegan a los juegos que solían de niños -muchos ni tienen tiempo para jugar con sus propios hijos-, pero también miran su alrededor, imitan modelos y juegan a ser. Y mucho más en la sociedad actual en la que Internet o la televisión tienen un peso tan importante. Cuando, al principio, del tiempo y del fuego, los pueblos primitivos, nómadas de la vida, subsistían de la recolección de lo que encontraban, los niños participaban de esa lucha por la vida, y muy pronto lograban una marcha independiente del grupo. Es decir, el concepto de infancia, como hoy lo entendemos, no existía en absoluto. Pasó el tiempo, los hombres abandonaron la trashumancia, y surgió la agricultura como nueva forma de vida. Este instante evolutivo es importantísimo: el niño comienza a participar en el proceso evolutivo del grupo. En sus manos aparecen ciertos instrumentos, adecuados a su tamaño, para que ayude en la recolección. Empiezan, pues, a manejar objetos extraños a él: golpean, cortan, lanzan… es decir, de algún modo tosco y primitivo aparecen los primeros juguetes. El desarrollo del hombre cada vez es más rápido, su actividad más compleja, con lo que se genera una riqueza que permite más tiempo libre, una mayor calidad de vida y lo que es más significativo, un tiempo para la socialización y el intercambio. La Revolución Industrial, los movimientos obreros del XIX y del XX conscientes de las plusvalías que su trabajo generaba, comenzaron a reivindicar "ocho horas de trabajo, ocho horas de sueño y ocho horas de ocio". Con lo que se abrieron más posibilidades para unos tiempos de crecimiento personal. Tiempos de ocio para jugar, para leer, para estar con la familia y compartir con los más pequeños su crecimiento y su aprendizaje… Los adelantos médicos, la mayor calidad de vida, una esperanza de vida cada vez mayor están suponiendo todo un reto. Para las personas, porque se encuentran con un proyecto de vida mucho más allá de la jubilación y para los estados que tienen que plantear estrategias y estímulos a una población cada vez más mayor. En la Declaración Universal de los Derechos de la Infancia, figura una proclama, que refleja los principios y fundamentos de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Esta declaración pone de manifiesto la necesidad de lograr "una infancia feliz y gozar, en su propio bien y en bien de la sociedad, de los derechos y libertades que en ella se enuncian e insta a los padres, a los hombres y mujeres individualmente y a las organizaciones particulares, autoridades locales y gobiernos nacionales a que reconozcan esos derechos y luchen por su observancia con medidas legislativas y de otra índole…" En la Declaración Universal de los Derechos de la Infancia, figura una proclama, que refleja los principios y fundamentos de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Esta declaración pone de manifiesto la necesidad de lograr "una infancia feliz y gozar, en su propio bien y en bien de la sociedad, de los derechos y libertades que en ella se enuncian e insta a los padres, a los hombres y mujeres individualmente y a las organizaciones particulares, autoridades locales y gobiernos nacionales a que reconozcan esos derechos y luchen por su observancia con medidas legislativas y de otra índole…” El problema surge cuando hay muchos países en los que no se respetan los Derechos que recogen ambas declaraciones. Cuando hay países que consienten la explotación infantil o en los que hay niños y niñas que son tratados como esclavos. ¿Cómo seguir hablando de crecimiento y de juego ante una realidad cómo ésta? Vivimos en un país occidental en el que los valores democráticos se van asentando, poco a poco. Un país de emigrantes y exiliados, que en la actualidad recibe emigrantes de los países del este de Europa, de Latinoamérica, del Magreb… Un país en continuo cambio en el que aunque cada vez haya menos espacios públicos, en general, se defienden los derechos de la infancia. ¿Pero qué sucede en otros países? ¿Es compatible este discurso que mantenemos y en el que afianzamos nuestra dignidad y la de nuestros hijos y alumnos, con la realidad de los países llamados del Tercer Mundo"? ¿Hablamos sin tapujos de las multinacionales que esclavizan a los niños y cuyos productos compramos, sin sonrojo? ¿Hablamos claramente del trato que les damos a los emigrantes? Como decía Bertold Brecht, "a tantas preguntas, tantas respuestas..." El juego es consustancial a una sociedad democrática. Una sociedad auténticamente democrática en la que prevalecen los espacios públicos. Una sociedad democrática se construye con la participación de todos. Niños y mayores. Hombres y mujeres. Y todos somos igual de importantes. Como decía Don Antonio Machado: "Nadie es más que nadie". El juego es una parte fundamental de la vida. El juego en sus relación con el otro nos enseña a tener presentes valores fundamentales para nuestra sociedad como la fraternidad y la cooperación. Nos da autoconfianza y seguridad en nosotros mismos. El juego es un elemento de cohesión social. Con él aprendemos que cada uno de nosotros y nosotras tiene el poder de crear. Es decir de proponer soluciones colectivas a las tensiones y los problemas de la realidad en la que vivimos. Todas y todos somos Prometeo. Porque la tarea de jugar en equipo o de construir una sociedad auténticamente democrática, se encuentra con las dificultades que hemos planteado en forma de interrogantes. Quienes vivimos en la Comunidad de Madrid sabemos bien de lo que hablamos. Para lograr una sociedad auténticamente democrática, no basta con poder votar cada cuatro años. Hay que defender los espacios públicos en los que el niño se desarrolle feliz y en los que todos y todas somos auténticamente iguales. El gobierno de la "liberal" Esperanza Aguirre mantiene desde hace años un ataque constante a todos los espacios públicos. Quienes trabajamos en la enseñanza sabemos bien de su talante. Sabemos del desprecio con el que trata a uno de los pilares fundamentales del Estado democrático, del Estado de derecho. La privatización de colegios públicos, la cesión de suelo público para colegios privados o la eliminación de los Centros de Profesores son sólo algunos de los elementos más visibles de su política. Quienes trabajan en la sanidad, también lo saben. Y si no que se lo pregunten a los médicos del Hospital Severo Ochoa de Leganés. Pero quienes más lo padecen son los trabajadores, los padres y los niños de las Escuelas Infantiles. La Comunidad de Madrid ha emprendido una serie de acciones que en realidad, suponen la práctica desarticulación del tejido público social y educativo. No importan ni el espacio, ni los profesionales, ni los medios para realizar este trabajo. ¿Cómo desarrollar así adecuadamente la personalidad de los niños y niñas? ¿Cómo crear ciudadanos y ciudadanas capaces de construir, en común, una sociedad democrática? Estas son las ideas que queremos reflexionar contigo en esta nueva Escuela de Verano. Sed bienvenidos y bienvenidas. Acción Educativa
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